Porque todo aquello en lo que se descompone es gas. Calentado por encima de unos 36 grados Celsius empieza a descomponerse, y a los 60 grados se ha convertido por completo en amoniaco, dióxido de carbono y vapor de agua. No queda nada sólido, que es exactamente lo que debe ocurrir con un agente espumante o un formador de poros para no debilitar ni decolorar el producto.